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La Verdad del Petróleo en Chile.

  • Foto del escritor: Francisco Javier Ovalle Reinoso
    Francisco Javier Ovalle Reinoso
  • 31 mar
  • 4 min de lectura

Por: Francisco Javier Ovalle (con datos reforzados por Gemini IA)

Chile ha dejado de mirar al Golfo Pérsico para asegurar su movimiento. En una transformación silenciosa pero radical, el país ha pasado de la vulnerabilidad de las rutas transatlánticas a una integración pragmática con el vecindario americano. Hoy, el flujo de energía que sostiene la economía nacional no depende de jeques ni de crisis en el Caribe, sino de una compleja red de ductos, barcos y refinerías que conectan los yacimientos de Brasil, los campos de Estados Unidos y las profundidades rocosas de la Patagonia argentina.

Imagen generada con IA
Imagen generada con IA

Durante décadas, el imaginario colectivo chileno situó el origen de su combustible en los desiertos de Medio Oriente o en las costas venezolanas. Sin embargo, la realidad de 2026 desmiente categóricamente esta percepción. Venezuela, a pesar de sus reservas astronómicas, ha desaparecido del mapa chileno. Las razones son pragmáticas: su petróleo es demasiado "pesado" (denso y difícil de procesar) para nuestras refinerías y las sanciones internacionales representan un riesgo financiero que la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP) no puede asumir.


Por otro lado, traer crudo desde el otro lado del mundo es, simplemente, un mal negocio. Los costos de transporte por mar y los riesgos de bloqueos en estrechos estratégicos han empujado a Chile a buscar socios en su propio hemisferio. Hoy, el 75% del petróleo que ingresa al país proviene de dos potencias: Brasil y Estados Unidos y en menor medida de Argentina.

  • Brasil: Aporta un crudo de alta calidad extraído de sus aguas profundas, ideal para producir el diésel de bajo azufre que exigen las normas ambientales chilenas.

  • Estados Unidos: Gracias a la técnica del fracking (extracción mediante fracturación de roca), se ha convertido en un proveedor flexible y constante.

  • Argentina: Con la firma de un contrato histórico de US$ 12.000 millones, la formación de Vaca Muerta en Argentina cubrirá el 35% de nuestra demanda hasta 2033.


La reactivación del Oleoducto Trasandino (OTASA) tras 17 años de óxido e inactividad es quizás el hito más crítico de la última década. Este tubo de 427 kilómetros conecta directamente el subsuelo argentino con la Refinería Bío Bío en Hualpén.

"El ahorro no está solo en el precio del barril, sino en el tiempo. Mientras un buque tarda semanas en llegar, el crudo de Vaca Muerta fluye por el ducto en cuestión de días, eliminando fletes marítimos y seguros costosos".


Ahora bien, a pesar de los esfuerzos por diversificar, la producción propia de Chile es simbólica: apenas el 1% del consumo nacional. El 99% restante se compra afuera. Este "pulmón" de crudo autóctono late exclusivamente en la Región de Magallanes, donde hace 80 años se descubrió el primer pozo denominado Manantiales en 1945.


La producción local enfrenta barreras críticas que impiden su expansión significativa donde actualmente, la operación de la Empresa Nacional del Petróleo (ENAP) en el sur se divide en tres ejes principales: Isla Grande de Tierra del Fuego: El núcleo histórico, donde se explota el "Distrito Springhill" en localidades como Cerro Sombrero; Sector Continental: Instalaciones en la zona de San Gregorio, al norte del Estrecho de Magallanes; Operaciones Costa-Afuera (Offshore): Plataformas en las aguas del Estrecho que extraen crudo contenido en la formación "Arenisca Springhill".


Para mitigar la declinación natural de estos yacimientos, ENAP ha recurrido a la fracturación hidráulica (fracking). En 2025, se aprobaron inversiones de US$ 10,5 millones para fracturar 16 pozos en el yacimiento Picuyo y US$ 2.500 millones en el proyecto Cahuil (Bahía Inútil) para estimular reservorios de baja permeabilidad situados a más de 2.450 metros de profundidad.

Sin embargo, a pesar de los esfuerzos técnicos, Chile no aumenta sustancialmente su producción por cuatro razones fundamentales: Los yacimientos de Magallanes son considerados "maduros". Esto significa que la mayor parte del petróleo de fácil acceso ya fue extraído. El crudo remanente está atrapado en formaciones complejas o en pequeñas acumulaciones dispersas, lo que hace que cada nuevo barril sea más difícil y costoso de obtener. Inviabilidad Económica frente a la Importación: Producir un barril en Magallanes mediante técnicas avanzadas o en plataformas es extremadamente caro. En contraste al petróleo de Vaca Muerta (Argentina) que tiene un costo de extracción de entre US$ 35 y US$ 45 por barril, para Chile es más eficiente importar crudo barato por oleoducto que invertir miles de millones en una producción local que nunca alcanzará el volumen necesario para cubrir la demanda.


Si bien Chile no adquiere petróleo del Golfo Pérsico de forma habitual por los altos costos de flete debido a la distancia geográfica y los riesgos de bloqueos en el Estrecho de Ormuz hacen que los proveedores americanos sean mucho más competitivos no obstante, los conflictos en Medio Oriente dispararon el precio del barril de Brent por sobre los US$ 104 y aunque el petróleo de Chile no viene de allá, el precio que pagamos está "indexado" (atado) a esos valores mundiales.


La verdad incómoda y que nadie quiere reconocer es que en estricto rigor, Chile ha asegurado que el petróleo llegue, pero no puede asegurar que sea económico y  la verdadera seguridad energética no vendrá de encontrar un proveedor más barato, sino de completar la transición hacia el Hidrógeno Verde y energías limpias, pero mientras esa transición llega, el país sigue alimentando su motor con la fuerza de las Américas, procesando en Concón y Hualpén un crudo que hoy habla portugués, inglés y algo de acento patagónico.

 

 
 
 

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