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El gesto de humanidad en el Morro de Arica: Desde Curicó a Buenos Aires

  • Foto del escritor: Francisco Javier Ovalle Reinoso
    Francisco Javier Ovalle Reinoso
  • 27 jul
  • 7 min de lectura

En medio del fragor sangriento del Asalto y Toma del Morro de Arica, el 7 de junio de 1880, cuando el furor de la contienda amenazaba con exterminar a los vencidos, un sublime acto de nobleza militar quebró la lógica de la destrucción e inició una historia extraordinaria de fraternidad. Un oficial chileno arriesgó su propia vida para interponerse entre sus tropas enardecidas y un grupo de jefes prisioneros, entre los que se hallaba un eminente político y abogado argentino alistado en las filas peruanas.


Aquel gesto de humanidad no solo evitó una tragedia irreparable en la explanada superior del combate, sino que derivó en una sólida amistad epistolar que cruzó los Andes, conectando a la provincia de Curicó con Buenos Aires durante décadas y erigiéndose en un testimonio perdurable de ética castrense, verdad histórica y fraternidad entre los pueblos del Cono Sur.


Durante la Guerra del Pacífico, desarrollada entre 1879 y nueve y 1884, los acontecimientos bélicos desplegados en el desierto atacameño y el litoral peruano no solo reconfiguraron la geografía política regional, sino que propiciaron el cruce de trayectorias individuales con un hondo impacto en las relaciones inter-estatales de Chile, Perú y Argentina.


En este convulso escenario emergió la figura de Ricardo Silva Arriagada, nacido en la ciudad de Los Ángeles en 1847 e hijo de Matías de Silva Roa y María de la Cruz Arriagada López-Tiznado.


Con una sólida vocación en las armas dentro del Ejército de Chile, Silva Arriagada se desempeñó como capitán del Regimiento Cuarto de Línea durante las fases decisivas de la campaña del sur peruano, ganándose el respeto de sus pares por su seriedad profesional, temple estratégico y estricto apego a la disciplina en cada desembarco e incursión.



En la otra orilla del conflicto caminaba Roque Sáenz Peña Lahitte, nacido en Buenos Aires en 1851 en el seno de una destacada familia de la clase dirigente argentina. A finales de la década de 1870, don Roque se perfilaba como una de las mentes jurídicas y políticas más prominentes de su generación tras ocupar una banca como diputado en la Legislatura de la Provincia de Buenos Aires.


Sin embargo, en 1869 renunció imprevistamente a su cargo para trasladarse a Lima y solicitar su incorporación como voluntario en el Ejército del Perú. Aunque en su momento la opinión pública vinculó esta decisión al clima de tensión limítrofe entre Chile y Argentina por la Patagonia y a ideales panamericanistas, un determinante desencadenante personal impulsó su partida.


El joven legislador se había enamorado profundamente de una dama de la sociedad porteña con la intención de contraer matrimonio, pero al revelar sus planes a su padre, el jurista Luis Sáenz Peña, este debió confesarle que la muchacha era en realidad su media hermana, fruto de una relación previa de don Luis.


Conmovido por el inmenso impacto emocional del secreto familiar, Sáenz Peña abordó el vapor Potosí para buscar en el frente militar una vía de evasión y servicio honorable, asumiendo como teniente coronel asimilado al mando del Batallón Número Treinta y Tres Iquique, perteneciente a la Octava División bajo la jefatura del coronel Alfonso Ugarte, destacándose por su valor en las acciones de San Francisco, Tarapacá y Arica.

 

El siete de junio de 1880 se desencadenó el dramático asalto y toma del Morro de Arica, plaza fuerte defendida por la guarnición peruana al mando del coronel Francisco Bolognesi. Las tropas chilenas del Regimiento Cuarto de Línea escalaron las abruptas pendientes bajo un devastador fuego de artillería e infantería.


La muerte durante la embestida de su comandante, el teniente coronel Juan José San Martín, provocó una conmoción de furia entre los atacantes, quienes coronaron la cima dispuestos a ejecutar una sangrienta represión contra los mandos defensores.


En el sector norte de la explanada superior, cerca del asta de la bandera donde Silva Arriagada fue el primer oficial en llegar para reemplazar el pabellón enemigo por la bandera chilena, la resistencia peruana se desmoronaba trágicamente tras las caídas de Bolognesi, Juan Guillermo Moore y Alfonso Ugarte.


En medio de ese colapso, el teniente coronel Sáenz Peña permanecía herido por un proyectil en el brazo derecho, impedido de sostener su espada y a merced de una tropa enfurecida que avanzaba rematando a los caídos junto al coronel peruano Manuel C. de la Torre y al sargento mayor Francisco Chocano.


En ese instante crítico sobrevino la intervención providencial del capitán Ricardo Silva Arriagada. Al percatarse de la condición de oficiales de los prisioneros y adivinando el destino fatal que les aguardaba, Silva Arriagada desenvainó su espada, empuñó su revólver y se interpuso físicamente entre los soldados chilenos y los jefes vencidos.


Con voz imperiosa dio la orden de cesar el fuego y sostuvo una firmeza absoluta al declarar que para matar a los rendidos tendrían que pasar primero sobre su propio cadáver, recordando además a sus subordinados la obligación de respetar al comandante por su origen argentino.


La alta tensión en la cumbre se agravó cuando una detonación fortuita en los pozos adyacentes hizo temer una celada, desatando nuevamente el enojo de la tropa.


En medio del peligro, los oficiales De la Torre y Chocano advirtieron con desesperación que los soldados perseguían a combatientes enemigos hacia una compuerta que conducía a la bodega subterránea llamada Santa Bárbara, donde se almacenaban más de ciento cincuenta quintales de pólvora y dinamita.


La advertencia oportuna de los cautivos sobre el riesgo de una voladura general permitió a Silva Arriagada contener a sus hombres, asegurar el recinto y tomar la custodia formal de los sobrevivientes, evitando una catástrofe de proporciones mayores.


Concluido el combate, Sáenz Peña y los jefes capturados fueron trasladados al sur a bordo del transporte chileno Itata. La condición de ciudadano argentino de Sáenz Peña motivó activas gestiones diplomáticas internacionales y de personalidades trasandinas como Miguel Cané.


Aunque inicialmente las autoridades evaluaron someterlo a un consejo de guerra por su condición de extranjero en armas, el gobierno chileno dispuso su confinamiento en la comarca de San Bernardo bajo un régimen de libertad vigilada. Durante sus seis meses de estancia fue albergado en la residencia de doña Emilia Herrera de Toro, dama de la aristocracia vinculada a la familia del futuro presidente José Manuel Balmaceda.


Deseando establecer un testimonio histórico irrefutable ante versiones inexactas publicadas por la prensa de la época sobre la toma del Morro, el capitán Silva Arriagada dirigió una carta desde Valparaíso el 18de julio de 1880 a los tres oficiales prisioneros.


La respuesta escrita fue emitida desde San Bernardo el 22 de julio de 1880, suscrita conjuntamente por Manuel C. de la Torre, Roque Sáenz Peña y Francisco Chocano, certificando formalmente que el capitán chileno fue el primer oficial en arribar al pie del mástil de la bandera y que desplegó una energía inquebrantable para salvarlos de una matanza generalizada.


Finalizado el conflicto y tras ser ascendido al grado de coronel por especial disposición del Congreso Nacional, Silva Arriagada ejerció como comandante del Batallón Los Ángeles y gobernador militar y civil, para posteriormente fijar su residencia habitual en la zona central de Chile.


Su radicación en la ciudad de Curicó, en una casona de la céntrica calle Estado, transformó la imagen del héroe militar en la de un insigne patricio local que ejerció como alcalde de la comuna de Tutuquén, impulsando la infraestructura rural y la integración vecinal.

A comienzos del siglo veinte, en el marco de la distensión bilateral derivada de los Pactos de Mayo de 1902 entre Chile y Argentina, las trayectorias de ambos protagonistas volvieron a entrelazarse cuando una delegación militar trasandina encabezada por el teniente general Luis María Campos hizo escala en la estación de ferrocarriles de Curicó.


Silva Arriagada se acercó a saludar al alto oficial y le encomendó transmitir un afectuoso mensaje al doctor Roque Sáenz Peña en Buenos Aires, indagando si este aún recordaba al oficial que le había salvado la vida en el Morro. La respuesta de Sáenz Peña se concretó en una emotiva carta personal fechada el 3 de julio de 1905 desde su despacho en la calle Reconquista ciento cuarenta y cuatro en Buenos Aires.

En ella, el político argentino expresó que guardaba un recuerdo imborrable del gesto humanitario de Silva Arriagada, rememorando cómo aquel joven de figura esbelta, decidido e imperioso presentó su pecho con los brazos abiertos para protegerlo de las balas.


A partir de aquel momento, Sáenz Peña instauró la costumbre de enviar anualmente un telegrama de saludo a la oficina telegráfica de Curicó con motivo del aniversario del combate o del cumpleaños del militar chileno.


Este hecho dio origen a una singular tradición cívica en la calle Estado, registrada en las memorias de figuras como el intelectual Arturo Olavarría Bravo y el historiador Tomás Guevara. En cada aniversario, la banda militar del Regimiento Dragones tocaba frente al domicilio del coronel mientras autoridades y ciudadanos se congregaban en la calle para presenciar la llegada del estafeta con el despacho internacional enviado por Sáenz Peña, incluso durante los años en que este ejerció la Presidencia de la Nación Argentina entre 1910 y 1914, siendo leído en voz alta ante el fervor de la multitud.


La proyección posterior de ambas figuras consolidó legados de enorme trascendencia institucional. En noviembre de 1905, Sáenz Peña viajó a Lima para asistir a la inauguración del monumento a Bolognesi, oportunidad en la que el Congreso del Perú le otorgó el grado de General de Brigada.


Posteriormente, tras acceder en 1910 a la Presidencia de la Nación Argentina, promovió la histórica Ley N.º 8.871 que instauró el voto universal, secreto y obligatorio, transformando la vida democrática de su país antes de su muerte en mil novecientos catorce y su sepultura en el Cementerio de La Recoleta.

Por su parte, el coronel Ricardo Silva Arriagada continuó siendo una personalidad distinguida en la provincia de Curicó hasta su fallecimiento en 1929, descansando sus restos en el Mausoleo Militar del Cementerio General de Santiago y perdurando su homenaje toponímico en la nomenclatura urbana con la Población Ricardo Silva Arriagada, oficializada en septiembre de mil novecientos setenta y tres en la Unidad Vecinal Número 14.


Aquel gesto de humanidad nacido en la cima del Morro de Arica y cultivado epistolarmente a lo largo de las décadas trasciende como un hito de caballerosidad, verdad histórica y hermandad permanente a pesar de las diferencias que llevaron a tres países a una guerra que hasta hoy tiene heridas abiertas.

 
 
 

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